PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Vivir para trabajar. On Falling, un sincero y desolador trayecto por el terreno laboral en el que transitamos.
La joven debutante en la dirección Laura Carreira, toma el relevo de su maestro Ken Loach con buena nota.
El cine portugués tan característico por su estilo pausado, poético y contemplativo, continúa dando buenos frutos. On Falling, la ópera prima de la joven directora Laura Carreira corrobora esta afirmación. Desde el comienzo, y no sólo por su temática, nos remite sin disimulo al cine social de Ken Loach. Es más, On Falling parece por momentos, la continuación de la magnífica Sorry We Missed You(2019), una certera visión de la frenética y estresante realidad laboral de los repartidores de paquetería, que en mi opinión es la mejor película en años del vetusto director británico.
Este velado homenaje a Loach y tanta similitud, me llevó a informarme sobre la directora Laura Carreira. Mi curiosidad me trasladó a la evidencia en un santiamén, al comprobar que la propia compañía de Ken Loach, Sweet Sixteen ha producido On Falling. Vamos, que el maestro ha dado el beneplácito a su discípula. La verdad es que ha acertado de pleno.
On Falling nos narra las vicisitudes de Aurora, una joven emigrante portuguesa que trabaja en un gran centro logístico. Allí trabaja como “picker”, es decir, va registrando con una pistola láser los innumerables pedidos que tienen que salir hacia los domicilios de los clientes lo antes posible. Aurora vive en una habitación de un piso compartido con otros trabajadores emigrantes como ella, no tiene mucha vida social, no tiene tiempo para eso, tampoco tiene mucho dinero. Intenta economizar al máximo su rutina diaria porque el salario que recibe no da para muchas alegrías. Cualquier pequeño imprevisto se convierte en una inmensa montaña que hay que escalar.
La película tiene algo de autobiográfica, porque Laura Carreira se mudó a Escocia a los 18 años, algunas de las sensaciones que vivió la directora portuguesa están muy bien representadas en On Falling gracias también al mesurado y sobrio trabajo de la actriz Joana Santos en su papel de Aurora. La película nos muestra las consecuencias del capitalismo salvaje, que deshumaniza sin piedad a los trabajadores provocando su alienación. La ansiedad y la depresión están a la orden del día en nuestra enferma sociedad, mientras, nosotros maquillamos nuestras vidas en instagram. Unas vidas vacías, rutinarias, sin ilusión, sin posibilidad de mejora en estos tiempos en que entramos en una crisis sin salir de la anterior. Perdemos la perspectiva, nos aislamos cada vez más, los móviles, que no salen nada bien parados en este filme, tienen otra gran parte de culpa.
La fotografía de la película se basa en tonos y colores fríos que subrayan la inhóspita convivencia de Aurora con el lugar donde ha emigrado. Aparte de su trabajo, el clima tampoco ayuda. La economía de guerra que tiene que aplicar para subsistir, también la obliga a vivir casi a oscuras y sin calefacción.
On Falling cuenta con algunas escenas brutales que noquean al espectador. Una de ellas sucede en la cinta transportadora de paquetes, otra en el parque, otra en la entrevista de trabajo. Pero también está llena de pequeñas situaciones en los que nuestra impotencia o rabia van a aflorar conforme veamos la inhumana situación laboral a la que estamos abocados la mayoría de nosotros, y de los que entren después a este, cada vez más, desalmado engranaje capitalista, en el que somos una pequeña pieza fácilmente sustituible.
Si Tiempos modernos (1936) ilustró magistralmente las duras condiciones laborales en la Gran Depresión, On Falling nos muestra de una manera seca y desesperanzada la precariedad del sistema actual.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Sueños en Oslo Dag Johan Haugerud (2024) – Noruega
Sueños en Oslo, la radiografía del primer amor, guardada en una memoria USB
Sin lugar a dudas, Sueños en Oslo es la obra capital de ese mapa de sentimientos humanos que conforma la trilogía Sex, Love, Dreams,ideada y dirigida por Dag Johan Haugerud.
El noruego Dag Johan Haugerud es una rara avis entre los directores cinematográficos de su generación. Este escritor, bibliotecario de profesión, estrenó su primer largometraje, I Belong, el año 2012. Desde entonces, hasta el pasado año, tan sólo entregó dos películas más. Una de ellas, la interesante aunque quizás demasiado larga, Cuidado con los niños, fue la que me despertó el interés por su obra. Pero de ser un director nada prolífico, el señor Haugerud ha pasado a rodar tres filmes en un solo año, conformando una trilogía a la que ha titulado Sex, Love, Dreams. Esos son los tres temas que se tratan en cada una de las tres películas, que aunque sean historias diferentes mantienen un eje en común, el de las relaciones interpersonales.
Me puse manos a la obra y, aunque no es necesario, vi las películas en orden de aparición. Comencé con Amor en Oslo, que está a la altura de Cuidado con los niños y encima dura menos. Pero con la siguiente Sexo en Oslo, me llevé una decepción. Su peculiar argumento daba pie a mucho más de lo que ofrece el filme en realidad. Así que me acerqué a su última obra hasta ahora Sueños en Oslo, con las expectativas bastantes más bajas.
Pero no podía estar más equivocado. Sueños en Oslo, es, en mi opinión, la mejor obra en la filmografía de Dag Johan Haugerud. El retrato fiel de los sentimientos tan intensos que provoca el primer amor reflejado en la película, caló hondamente en mi persona. En ella, la tierna y frágil Johanne se enamora de su profesora de francés. El novedoso torbellino de sensaciones que experimenta es de tal magnitud que intenta canalizar toda la pasión, fascinación y adoración que siente por su profesora escribiendo sus sentimientos en el ordenador. Ese documento, que cada vez tiene más páginas, lo guarda en un pen del que nunca se separa.
Sueños en Oslo, que cuenta con un notable guion y fotografía, consigue hacernos empatizar con la romántica e idealista Johanne, protagonizada por la joven actriz Ella Øverbye, un diamante en bruto a tener muy en cuenta. Su delicada y conmovedora actuación nos coloca en el estado de ánimo que vive en cada momento. Casi al mismo nivel está su compañera de reparto Selome Emnetu, que consigue recrear perfectamente a la peculiar, dinámica y «enrollada» profesora de francés. La voz en off, bastante utilizada durante el largometraje nos narra los escritos de Johanne, y a partir de ella se irá desarrollando esta sensible historia de iniciación y aprendizaje, que, en mayor o menor medida, todos hemos vivido alguna vez.
Dag Johan Haugerud, a pesar de su corta carrera cinematográfica, no solo cuenta con el beneplácito de la crítica casi desde sus inicios, sino que además se llevó por esta película, nada menos que el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Si tuviera que describir su cine os diría que navega entre el del Bergman más amable y el de un Allen no tan cínico. Un compendio que, esta vez, y con esta película sí que le ha dado resultado, aunque en mi opinión, el giro final de guion me parece totalmente innecesario. Aún así, si conservas algo de romanticismo en un rinconcito de tu corazón estoy seguro que disfrutarás de Sueños en Oslo.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Urchin Harris Dickinson (2025) – Reino Unido
La vida que mala es
Urchin, la interesante ópera prima de Harris Dickinson que cabalga entre la marginalidad, la autodestrucción y la reinserción social.
No sé si os habrá ocurrido a vosotros, pero en mi caso, una de las cosas que más me llamó la atención y que me hizo reflexionar mientras visitaba Londres, fue la gran cantidad de gente joven que malvive en sus calles. Recuerdo una fría mañana otoñal, en la que una repentina tromba de agua cayó sin remisión sobre los sin techo que “pernoctaban” sobre el duro asfalto. Los cartones y las mantas que utilizaban para protegerse del frío les fueron de poca utilidad. Sorprendidos por la rapidez y la virulencia de la tormenta, recogieron a toda prisa sus pocas pertenencias, y corrieron raudos y veloces a buscar un lugar resguardado para huir de la intemperie. Pues bien, de esas personas caladas hasta los huesos, una cantidad bastante importante eran jóvenes. Así que me dio por pensar en cómo la vida los había llevado a ese punto tan extremo, de abandonarse de tal manera a sí mismos.
Urchin, la película que os propongo en esta ocasión, puede ser una pequeña pincelada, un ejemplo de una de esas vidas, que nos muestra con sinceridad y sin tapujos esta inquietante y triste realidad. Se trata de la ópera prima del joven actor Harris Dickinson, a quien quizás pongáis cara por haber sido el protagonista de El triángulo de la tristeza. En este primer paso en el mundo de la dirección, no se ha andado por las ramas, dejándonos un buen trabajo de cine comprometido y realista que entronca con la obra de grandes directores británicos del género, como Ken Loach, Mike Leigh o Karel Reisz.
Urchin nos cuenta las vicisitudes de Mike, un joven que vagabundea por las calles de Londres intentando sobrevivir en el día a día. Conseguir un poco de dinero para poder comer, y pillar algo que le ayude a soportar esa situación y calmar sus demonios personales, son sus objetivos fundamentales. Se debate entre la marginalidad y la búsqueda de un pequeño rayo de esperanza, una oportunidad que le permita tener un techo.
Con estas premisas, su director nos presenta, sin juzgar en ningún momento, a Mike, el protagonista y a los diferentes personajes que van apareciendo en su vida. Cómo ha llegado a esa situación se puede ir vislumbrando en diferentes momentos del filme. Esas escenas son visuales alegorías que remiten al cine de Jonathan Glazer, otro de los ilustres del celuloide británico actual. Pero el camino que le ha llevado a ese punto, aunque sea relevante, no importa. Metido de lleno en esa situación, Mike tiene que lidiar con su psique e intentar controlar el volante de su vida, si es que alguna vez lo pudo hacer. Para ello tendrá que aprovechar las oportunidades que le puede aportar la sociedad, las instituciones,las ONG, o personas como tú y como yo, que podemos aportar nuestro granito de arena.
Las dificultades de reinserción en la sociedad son mutuas, tal como podrás comprobar viendo la película. Es tan difícil para Mike intentar adaptarse a ella, como lo es para las instituciones o las personas aceptar de nuevo en ella a individuos problemáticos e inadaptados. Quizás los medios no sean suficientes, o en algunos casos ni los más adecuados. El caso es que la sensación que queda después de ver la gran actuación de Frank Dillane en el papel de Mike es la de la inmensa soledad que lo rodea. También me gustaría destacar la labor como actriz secundaria de Megan Northam, que aparece en el tramo final de la película y en mi opinión, se merienda con patatas al bueno de Frank Dillane. Perfectamente se podría hacer otra película de su personaje, yo me quedé con las ganas. Después de ver Urchin, el pensamiento que me viene a la cabeza es que, si a uno de nosotros, que digamos, hemos tenido una existencia entre comillas “normal”, a veces la vida se nos hace bola. Imaginaos lo difícil que puede ser para personas que han tenido unos inicios personales traumáticos, intentar reencauzar su vida desde una base tan inestable. Reflexión y empatía son fundamentales para comprender el acto extremo de degradación que lleva a una persona a deshumanizarse y abandonarse por completo. Conciéncemonos.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Train Dreams Clint Bentley (2025) – Estados Unidos
Vidas pequeñas, grandes películas
Train Dreams, el discurrir del siglo XX visto desde el tajo.
Casi coincidiendo con la remisión de la pandemia, la plataforma digital Netflix inició su inexorable declive. Malas decisiones, cambios en la dirección de programación y una nueva visión comercial en la que se apostó más por la cantidad de contenido que por su calidad, fueron las principales causas de un importante número de bajas de suscriptores. Desde entonces, y salvo muy contadas excepciones, no albergo muchas esperanzas en los nuevos lanzamientos producidos por la empresa estadounidense.
Pero hete aquí, que en mi rutinaria mirada semanal a los estrenos de la plataforma, hallé un diamante en la basura. Entre comedias sin chicha para adolescentes, series cursis con aroma a culebrón y olvidables thrillers de acción, encontré una producción de la casa con un espíritu totalmente opuesto a las propuestas anteriormente mencionadas. Sin alharacas, ni grandes titulares, Netflix presentaba Train Dreams, una película sobre la vida de un leñador que trabajaba en la construcción del ferrocarril en la América de principios del siglo XX.
La escueta sinopsis me dejó intrigado y mi segunda pesquisa fue obtener información de su director. Descubrí con sorpresa que el artífice de este filme es Clint Bentley, quien ya me sorprendiera gratamente con su ópera prima y hasta ahora única película El jockey (2021). Estas premisas fueron suficientes para que, excepcionalmente y durante los próximos 100 minutos, entregase mi alma a Netflix. La decisión no pudo ser más acertada.
Os aconsejo que, para disfrutar de Train Dreams, reservéis, si no es mucho pedir, un hueco en vuestra ajetreada y acelerada existencia, os bajéis de vuestro tren vital y os subáis al de la película, que os aseguro que va a otra velocidad, a la misma que llevaban nuestros abuelos o bisabuelos. El filme en definitiva es eso, un gran homenaje a todos esas personas sin nombre que hicieron posible una serie de brutales y vertiginosos cambios (en todos los sentidos) que significaron que algunos privilegiados tengamos hoy en día una vida mejor.
Train Dreams está basada en la novela homónima de Denis Johnson, tan corta como brillante. El guión, adaptado por Clint Bentley y su guionista de confianza Greg Kwedar, ha sido nominado para la próxima edición de los Óscar de la Academia y es uno de los pilares fundamentales del filme. Consigue transmitir con pocas, y a veces filosóficas palabras, la resiliencia de todos esos personajes que comparten las interminables jornadas de trabajo en los bosques del estado de Washington, al noroeste de Estados Unidos junto a la frontera con Canadá.
Train Dreams nos demuestra que el tránsito por la vida de cualquier ser humano puede ser una película en sí misma. Como espectador, me veo reflejado y me enriquece más personalmente este tipo de cine que el de héroes, famosos, o personajes importantes de la historia. Su protagonista, Robert Grainger, es un don nadie que simplemente lucha por sobrevivir en un mundo inhóspito. Un jornalero que en pleno apogeo del ferrocarril se agarró a su única posibilidad de sustento. Su sueño era poder lograr formar una familia con su amada Gladys, una mano de hierro en guante de terciopelo, sutilmente encarnada por la genial actriz Felicity Jones. El papel principal es para el actor australiano Joel Edgerton, cuyo rostro refleja esa resignación casi cristiana que le hace levantarse cada amanecer y enfrentarse a un nuevo y duro día de trabajo. Pero mi personaje favorito es el de Arn Peeples, el experto en explosivos y un sarcástico filósofo obrero cuyas reflexiones son sentencias y a la vez verdades como puños. Está protagonizado por una de mis debilidades en el mundo actoral, el gran William H. Macy. Me sorprende que no esté nominado por la Academia de Los Óscar como mejor actor de reparto.
Otra de las maravillas de Train Dreams es la sobrecogedora fotografía aportada por el brasileño Adolpho Veloso. Los impresionantes bosques de coníferas se nos presentan bellos y amenazadores al mismo tiempo. Los amaneceres, el crepúsculo, las noches junto al calor de la hoguera, los estrellados y oscuros cielos sin luna, hacen de cada fotograma una obra de arte, un cuadro en sí mismo. Nominada a los Óscar, quizás sea la mayor baza del filme para llevarse la codiciada estatuilla. La cuarta y última nominación del filme es para mejor canción original, en este caso el director encontró la horma perfecta para su zapato en mi idolatrado Nick Cave, quien aportó su composición Train Dreams, sonando en los créditos finales. La idiosincrasia musical del artista se adapta perfectamente a la filosofía de la película.
Con premios o sin ellos, Train Dreams me ha parecido una propuesta honesta y valiente que te hace reflexionar, ahondar en tu interior y replantearte ciertos valores de tu existencia. Ironías del destino, escribo esta reseña pocos días después del trágico accidente ferroviario de Adamuz. Quizás la vertiginosa velocidad del progreso se está llevando a mucha gente por delante en el último siglo.¿El fin justifica los medios?
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Los domingos Alauda Ruiz de Azúa (2025) – España
Con tan sólo tres largometrajes en su corta carrera como directora de cine Alauda Ruiz de Azúa ya está consolidada en el imaginario del cine estatal. Aparte de ser una gran directora de actores y una gran retratista de la familia y de la condición humana, es también una directora valiente, porque intentar tratar desde la neutralidad un tema como la vocación religiosa es misión imposible, pero durante buena parte de la película consigue milagrosamente salvar la papeleta, lo cual ya tiene bastante mérito.
Es normal que Los domingos cree controversia, tu opinión después de verla puede ser muy diferente según seas creyente, agnóstico o ateo. Así que en esta ocasión, más que nunca, mi punto de vista no debe ser tomado en cuenta. Sí que me gustaría destacar algunos aspectos que considero acertados. En primer lugar, la propia Alauda Ruiz de Azúa ha manifestado que con Los domingos no busca ninguna polémica. Simplemente plantea preguntas al espectador y pretende ahondar en el espíritu crítico de cada uno de ellos, que va a responder de manera diferente según la mochila de experiencias vitales que lleve cargada a cuestas.
Los domingos plantea situaciones y preguntas que se pueden valorar desde muy diferentes perspectivas: El respeto a las creencias de los demás. Es muy fácil decir “yo respeto”, pero, ¿hasta qué punto respetas algo en lo que no crees?, ¿cuál es el equilibrio? Por desgracia, como era de esperar en un tema tan peliagudo, la balanza termina por caer de un lado. Otra situación que nos plantea es el de la educación en los colegios religiosos concertados o privados, ¿cómo condiciona la personalidad de un niño y su paso a la adolescencia al ser guiados por monjas o sacerdotes? La influencia que puede producirse en esas edades da realmente un poco de vértigo, igual que ese exclusivo espacio de confianza que se genera entre el religioso y los menores, más aún a sabiendas del ignominioso historial que tiene tras sus espaldas la iglesia católica.
Otro punto fuerte de Los domingos es por supuesto la dirección de Alauda Ruiz de Azua, quien consigue ir sumergiendo al espectador en la historia de manera tan progresiva y delicada que, sin darse cuenta, se encontrará cavilando como si fuera el padre, la tía, la abuela, o incluso la misma Ainara en esa decisión tan importante que tiene que tomar en su vida. También ayuda el hecho del excepcional trabajo actoral de Patricia López Arnaiz que está inmensa en la compleja y difícil tarea de sacar adelante un papel tan exigente y poco agradecido como es el de Maite, la tía de Ainara. Ainara, cuyos silencios y miradas son tan importantes como sus pocas palabras, está bien interpretada por la joven Blanca Soroa, que debuta en el cine como protagonista a los 15 años. También es de destacar la labor de la siempre solvente Nagore Aramburu en el papel de Sor Isabel. No andaré muy desencaminado si alguna de ellas, si no las tres, se llevan el reconocimiento en los próximos premios Goya.
Una pena que la película se vaya desvirtuando conforme va acercándose su desenlace y acabe decantándose de manera tramposa por una de las dos partes. En fin, tengo tan claro que la película generará debate sobre un tema casi residual en la sociedad en que vivimos, como que el número de vocaciones va a aumentar exponencialmente tras el estreno de Los domingos.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
La voz de Hind Kaouther Ben Hania (2025) – Túnez
La voz de Hind es la voz desgarradora de un pueblo masacrado. Basada en hechos reales, la película es un grito al vacío que intenta agitar conciencias en el mundo occidental, el mismo mundo que mira impasiblemente la masacre del pueblo palestino en vivo y en directo por TV.
Avalada por la crítica (Premio del Gran Jurado del Festival de Venecia) y por los espectadores (Premio del Público del Festival de San Sebastián), La voz de Hind llega a las pantallas de los cines para convertirse en la enésima denuncia al genocidio contra el estado palestino.
El 29 de enero de 2024, los voluntarios de la Media Luna Roja reciben una llamada de emergencia desde Gaza. Una niña de seis años llamada Hind suplica ayuda desde el interior de un coche en pleno ataque de las tropas israelíes. Los voluntarios intentarán por todos los medios mantener el contacto y enviar una ambulancia para rescatar a Hind. Todas las llamadas y conversaciones quedaron grabadas.
Hind Rajab / Fotografía: BBC
La directora tunecina Kaouther Ben Hania utilizó estas grabaciones telefónicas para combinarlas con las imágenes de los actores que ponen cara a los voluntarios de la Media Luna Roja en la película. Este recurso ya utilizado en su falso documental Las cuatro hijas (2023) lo vuelve a emplear, y por desgracia los resultados siguen siendo desiguales. Me explico: en mi opinión esa especie de subtrama que crea entre los voluntarios que trabajan en esa sede de la Media Luna Roja, y que en ocasiones llega al histrionismo más exacerbado, no aporta nada a una situación ya de por sí, límite, como es la llamada desesperada de Hind.
Kaouther Ben Hania recogiendo el León de Plata del Festival de Venecia / Fotografía: Vogue Arabia
El verdadero valor de La voz de Hind es el de crear este testimonio visual de una simple noticia que aparece de refilón en el telediario mientras comemos, y que desaparece inmediatamente de nuestra cabeza antes de llegar siquiera al siguiente plato. Son noticias que se repiten día tras día y que normalizamos con toda la naturalidad del mundo. Que pasen a la siguiente catástrofe, o mejor aún, a la sección de deportes.
Aparte de la siempre necesaria denuncia social en el cine, la película destaca por su montaje, en ese aspecto, nada que objetar. Al contrario, es uno de los puntos fuertes del filme y consigue que el mensaje final llegue a donde no llegan las noticias de los telediarios, a nuestra conciencia. Sólo en los dos últimos años han muerto más de 70.000 palestinos en esta masacre televisada, mientras nuestros mandatarios no hacen nada por parar este genocidio. Genocidio, curiosamente perpetrado por un pueblo que hace ocho décadas estaba sufriéndolo en sus carnes.Angustia, dolor, miedo, impotencia,crispación, rabia, ternura, empatía…, estas son algunas de las sensaciones que sentirás si ves La voz de Hind. Ojalá pudiera cambiarlas por otras como: esperanza, paz, reparación, memoria, justicia…
Volviendo al, para mí, grave error de la película, si la directora quería hacer un thriller de esta escalofriante historia real, le ha salido rana. Debería haber tomado nota de filmes como The Guilty (2018), o Locke (2013), donde lo importante está en lo que no se ve (la llamada). Sobran desarrollar artificiosos conflictos personales que desvirtúan el auténtico valor de esta película, la veracidad de las grabaciones y los hechos acaecidos en Gaza.