IX Festival Internacional de Cortometrajes de Valdealgorfa
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Decir Valdealgorfa es sinónimo de cultura en el Bajo Aragón. Rara es la semana en que desde la tranquila localidad no llegan interesantes propuestas artísticas. En esta ocasión, el turno fue para el cine, con la IX edición de su ya consolidado Festival Internacional de Cortometrajes.
En esta edición, el festival recibió 416 cortometrajes procedentes de 21 países, de los cuales 13 pasaron a la fase final. Siete de ellos se proyectaron el viernes en doble sesión, y los otros seis fueron presentados al día siguiente de la misma manera.

En la abarrotada sesión de viernes noche en el Salón Don Diego, antes de comenzar la proyección, su presidente, Santiago Sáenz, recordó el inverosímil origen del festival: un tornado que azotó la localidad el año 2003. Sobre esa desgracia atmosférica de la que existía documentación fehaciente que contaba que ya en el siglo XVIII había ocurrido este fenómeno, se creó una obra de teatro Las leyendas de Valdealgorfa. Ese fue el germen de lo que unos años más tarde, concretamente en 2016, se convirtió en un festival de cortometrajes, que como destacó su presidente, se ha ido consolidando cada edición.

La jornada del viernes fue bastante homogénea en cuanto a la temática y a la calidad de los cortometrajes motivo por el qué se me hizo difícil destacar un corto por encima de otro. El drama, en forma de homofobia, violencia de género, guerra, ecologismo, o bullying, fue el elemento conductor de las obras presentadas. Mucha dureza, personajes enfrentados, varios amordazados/as en el maletero del coche, buenas actuaciones, e incluso algún actor (Javier Pereira) que aparecía en dos cortos diferentes, fueron el denominador común de la velada.

La proyección comenzó con Violetas de Borja Escribano, un notable corto con vocación de largometraje, que ojalá pueda llevarse a cabo en un futuro no muy lejano. El director consigue sobrecoger al espectador, poniendo el foco en la opresiva y terrible situación que sufre una pareja homosexual en los albores de la España de la posguerra. Sus dos protagonistas, Alfonso Bassave y Javier Pereira, están magníficos en sus respectivos papeles.

A continuación llegó el turno del, sin duda, director más mediático de esta edición, el madrileño Javier Fesser, del que pudimos ver su cortometraje Depredador. En él hace una reflexión sobre los roles de género, en una especie de Thelma y Louise llevada al género del slapstick que tanto idolatra. Aunque quizás sea el corto que más risas haya provocado de todo el festival, me dejó con la sensación de ser tan sólo un divertimento, o quizás una idea expresada como los personajes de su película, de forma poco sutil.

El siguiente cortometraje, Time and again, la única producción extranjera de la sesión del viernes, me dejó bastante frío. No conecté en ningún momento con la historia de esa familia polaca (curiosamente, hablan en inglés) que vive junto a la frontera de una Ucrania inmersa en la guerra con Rusia.

Quien consiguió llevarme a cenar a un exclusivo restaurante fue el director Javier Marco con su cortometraje Insalvable. Un escenario muy bien dispuesto, una gran fotografía, y unos excelentes actores, de nuevo Javier Pereira, y un, como siempre, excelso Pedro Casablanc, fueron suficientes para crear el ambiente necesario. El poder y la diferencia de clases se dan la mano en esta peculiar cena, en la que quizás el guion no acaba maridando bien con algún plato. Pero eso no es óbice para repetir otra cena, en este caso con A la cara, el nuevo largometraje del director alicantino basado en su premiado cortometraje del mismo nombre, que se estrena estos días.

Otra interesante propuesta fue la del director Cristian Beteta con Ángulo muerto, una desgarradora historia de dos padres rotos por el suicidio de su hijo a causa del bullying. El argumento me trae a la mente la película mexicana Después de Lucía, de Michel Franco. Aunque las dos propuestas son descarnadas, en Ángulo muerto hay moraleja final. Para una empresa de estas características era fundamental contar con dos actores tan solventes como Eva Llorach y un contenido, pero profundo a la vez, Carlos Santos.

También me pareció bien realizada la proclama ecologista de Donde se quejan los pinos, en la que su director, Ed Antoja, juega constantemente con el espectador a ¿quién es el asesino? como en una novela de Agatha Christie. Y no, el asesino no es el mayordomo…

Para cerrar la sesión del viernes se proyectó Bonita, de Eva Santana y Albert Carbó ,un cortometraje con finales alternativos y la violencia de género como telón de fondo, en una intrigante atmósfera a lo Tesis o El resplandor. Resultó una fresca propuesta que nos previene de unos directores con futuro, al igual que la convincente interpretación del joven Martí Cordero.

La jornada del sábado tuvo dosis de comedia y drama casi a partes iguales. La sesión comenzó con Solo Kim, dirigida por Javier Prieto de Paula y Diego Herrero. El cortometraje es la recreación de una historia real, la de Kim, un adolescente transgénero filipino e inmigrante ilegal, que con una resiliencia increíble recibe los golpes de la hipócrita sociedad en la que vivimos. El propio Kim Cabral, actor en la vida real y en la pantalla presentó el cortometraje y recibió una merecida mención especial del jurado.

A continuación pudimos ver Tingfinder, dirigida por Mads Koudal, una enfermiza comedia danesa con toques de humor absurdo y un mensaje inclusivo sobre la discapacidad mental. El mensaje quedó claro, aunque quizás no hubiese hecho falta tanta violencia para transmitirlo. El cortometraje fue uno de los triunfadores del festival, al llevarse el premio a mejor cortometraje de ficción y al mejor guion, obra del propio Mads Koudal.

El mallorquín Miguel Ángel Marqués director del cortometraje Urtajo, quiso acercarse a Valdealgorfa para presentar su obra. La describió como un thriller político en el que no va contra los políticos en general, sino contra un tipo específico de político. Ese político está magníficamente representado por el actor José Luis García Pérez. Auguro un brillante futuro a este prometedor director, habrá que seguirle la pista.

Y después de la angustiosa tensión de Urcajo, llegaron las risas con La mort, una comedia de Jesús Martínez Nota, que en un santiamén y varios juegos de palabras desmitifica la muerte y sus tabúes. El guión en ocasiones es tan brillante como la actuación de Luisa Gavasa y Pepa Aniorte, quienes arrancaron grandes carcajadas entre el público que, por segundo día consecutivo abarrotó el Salón Don Diego. Pepa Aniorte, por cierto, se llevó el premio a mejor actriz.

Con Your Own Boss, del pamplonés afincado en Brooklyn Álvaro Guzmán Bastida, los espectadores volvimos a darnos de bruces con la dura realidad de las millones de personas, que como el repartidor de comida a domicilio del cortometraje, están fuera del foco, lejos de las miradas de la mayoría. Como bien dijo el propio Álvaro Guzmán, en el mensaje de agradecimiento por haberse llevado el premio al mejor director, «el cine es crear empatía para las personas que están apartadas de la sociedad, es mostrar y denunciar la realidad de sus vidas». También aprovechó para denunciar el genocidio palestino en Gaza. Your Own Boss nos muestra el esplendor de Nueva York en contraposición a la alienante vida de los inmigrantes que ya no luchan por el sueño americano, sino simplemente por sobrevivir. A medio camino entre el cine documental y un capítulo de Black Mirror, el cortometraje me trajo a la mente la película de otro gran cronista de realidad social como es Sean Baker, y su filme Take Out (2004). Además del premio a la mejor dirección, Your Own Boss se llevó también el de mejor banda sonora, obra de Evan Johnston.

Para cerrar el festival se proyectó Faustino, dirigida por Germán Mairen, un homenaje a nuestros jubilados en forma de comedia, en la que Carlos Manuel Díaz ejerce magníficamente su papel de vetusto héroe. El propio Carlos Manuel Díaz tuvo que subir en dos ocasiones al escenario a recoger el premio al mejor actor, y posteriormente el Premio del Público que fue otorgado a Faustino. Visiblemente emocionado, dejó constancia de que llevará para siempre a Valdealgorfa en su corazón.

Tras la entrega de premios, los asistentes pudimos disfrutar de un cóctel con música en directo en el pabellón municipal, donde cambiamos impresiones sobre las obras presentadas en la IX edición del Festival Internacional de Cortometrajes de Valdealgorfa. Con la certeza de que es posible compartir y exportar la cultura desde el medio rural, me despido hasta la décima edición.
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Temas: CINE, Cortometrajes, Festival Internacional de Cortometrajes de Valdealgorfa, Valdealgorfa



