PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Sueños en Oslo Dag Johan Haugerud (2024) – Noruega
Sueños en Oslo, la radiografía del primer amor, guardada en una memoria USB
Sin lugar a dudas, Sueños en Oslo es la obra capital de ese mapa de sentimientos humanos que conforma la trilogía Sex, Love, Dreams,ideada y dirigida por Dag Johan Haugerud.
El noruego Dag Johan Haugerud es una rara avis entre los directores cinematográficos de su generación. Este escritor, bibliotecario de profesión, estrenó su primer largometraje, I Belong, el año 2012. Desde entonces, hasta el pasado año, tan sólo entregó dos películas más. Una de ellas, la interesante aunque quizás demasiado larga, Cuidado con los niños, fue la que me despertó el interés por su obra. Pero de ser un director nada prolífico, el señor Haugerud ha pasado a rodar tres filmes en un solo año, conformando una trilogía a la que ha titulado Sex, Love, Dreams. Esos son los tres temas que se tratan en cada una de las tres películas, que aunque sean historias diferentes mantienen un eje en común, el de las relaciones interpersonales.
Me puse manos a la obra y, aunque no es necesario, vi las películas en orden de aparición. Comencé con Amor en Oslo, que está a la altura de Cuidado con los niños y encima dura menos. Pero con la siguiente Sexo en Oslo, me llevé una decepción. Su peculiar argumento daba pie a mucho más de lo que ofrece el filme en realidad. Así que me acerqué a su última obra hasta ahora Sueños en Oslo, con las expectativas bastantes más bajas.
Pero no podía estar más equivocado. Sueños en Oslo, es, en mi opinión, la mejor obra en la filmografía de Dag Johan Haugerud. El retrato fiel de los sentimientos tan intensos que provoca el primer amor reflejado en la película, caló hondamente en mi persona. En ella, la tierna y frágil Johanne se enamora de su profesora de francés. El novedoso torbellino de sensaciones que experimenta es de tal magnitud que intenta canalizar toda la pasión, fascinación y adoración que siente por su profesora escribiendo sus sentimientos en el ordenador. Ese documento, que cada vez tiene más páginas, lo guarda en un pen del que nunca se separa.
Sueños en Oslo, que cuenta con un notable guion y fotografía, consigue hacernos empatizar con la romántica e idealista Johanne, protagonizada por la joven actriz Ella Øverbye, un diamante en bruto a tener muy en cuenta. Su delicada y conmovedora actuación nos coloca en el estado de ánimo que vive en cada momento. Casi al mismo nivel está su compañera de reparto Selome Emnetu, que consigue recrear perfectamente a la peculiar, dinámica y «enrollada» profesora de francés. La voz en off, bastante utilizada durante el largometraje nos narra los escritos de Johanne, y a partir de ella se irá desarrollando esta sensible historia de iniciación y aprendizaje, que, en mayor o menor medida, todos hemos vivido alguna vez.
Dag Johan Haugerud, a pesar de su corta carrera cinematográfica, no solo cuenta con el beneplácito de la crítica casi desde sus inicios, sino que además se llevó por esta película, nada menos que el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Si tuviera que describir su cine os diría que navega entre el del Bergman más amable y el de un Allen no tan cínico. Un compendio que, esta vez, y con esta película sí que le ha dado resultado, aunque en mi opinión, el giro final de guion me parece totalmente innecesario. Aún así, si conservas algo de romanticismo en un rinconcito de tu corazón estoy seguro que disfrutarás de Sueños en Oslo.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Train Dreams Clint Bentley (2025) – Estados Unidos
Vidas pequeñas, grandes películas
Train Dreams, el discurrir del siglo XX visto desde el tajo.
Casi coincidiendo con la remisión de la pandemia, la plataforma digital Netflix inició su inexorable declive. Malas decisiones, cambios en la dirección de programación y una nueva visión comercial en la que se apostó más por la cantidad de contenido que por su calidad, fueron las principales causas de un importante número de bajas de suscriptores. Desde entonces, y salvo muy contadas excepciones, no albergo muchas esperanzas en los nuevos lanzamientos producidos por la empresa estadounidense.
Pero hete aquí, que en mi rutinaria mirada semanal a los estrenos de la plataforma, hallé un diamante en la basura. Entre comedias sin chicha para adolescentes, series cursis con aroma a culebrón y olvidables thrillers de acción, encontré una producción de la casa con un espíritu totalmente opuesto a las propuestas anteriormente mencionadas. Sin alharacas, ni grandes titulares, Netflix presentaba Train Dreams, una película sobre la vida de un leñador que trabajaba en la construcción del ferrocarril en la América de principios del siglo XX.
La escueta sinopsis me dejó intrigado y mi segunda pesquisa fue obtener información de su director. Descubrí con sorpresa que el artífice de este filme es Clint Bentley, quien ya me sorprendiera gratamente con su ópera prima y hasta ahora única película El jockey (2021). Estas premisas fueron suficientes para que, excepcionalmente y durante los próximos 100 minutos, entregase mi alma a Netflix. La decisión no pudo ser más acertada.
Os aconsejo que, para disfrutar de Train Dreams, reservéis, si no es mucho pedir, un hueco en vuestra ajetreada y acelerada existencia, os bajéis de vuestro tren vital y os subáis al de la película, que os aseguro que va a otra velocidad, a la misma que llevaban nuestros abuelos o bisabuelos. El filme en definitiva es eso, un gran homenaje a todos esas personas sin nombre que hicieron posible una serie de brutales y vertiginosos cambios (en todos los sentidos) que significaron que algunos privilegiados tengamos hoy en día una vida mejor.
Train Dreams está basada en la novela homónima de Denis Johnson, tan corta como brillante. El guión, adaptado por Clint Bentley y su guionista de confianza Greg Kwedar, ha sido nominado para la próxima edición de los Óscar de la Academia y es uno de los pilares fundamentales del filme. Consigue transmitir con pocas, y a veces filosóficas palabras, la resiliencia de todos esos personajes que comparten las interminables jornadas de trabajo en los bosques del estado de Washington, al noroeste de Estados Unidos junto a la frontera con Canadá.
Train Dreams nos demuestra que el tránsito por la vida de cualquier ser humano puede ser una película en sí misma. Como espectador, me veo reflejado y me enriquece más personalmente este tipo de cine que el de héroes, famosos, o personajes importantes de la historia. Su protagonista, Robert Grainger, es un don nadie que simplemente lucha por sobrevivir en un mundo inhóspito. Un jornalero que en pleno apogeo del ferrocarril se agarró a su única posibilidad de sustento. Su sueño era poder lograr formar una familia con su amada Gladys, una mano de hierro en guante de terciopelo, sutilmente encarnada por la genial actriz Felicity Jones. El papel principal es para el actor australiano Joel Edgerton, cuyo rostro refleja esa resignación casi cristiana que le hace levantarse cada amanecer y enfrentarse a un nuevo y duro día de trabajo. Pero mi personaje favorito es el de Arn Peeples, el experto en explosivos y un sarcástico filósofo obrero cuyas reflexiones son sentencias y a la vez verdades como puños. Está protagonizado por una de mis debilidades en el mundo actoral, el gran William H. Macy. Me sorprende que no esté nominado por la Academia de Los Óscar como mejor actor de reparto.
Otra de las maravillas de Train Dreams es la sobrecogedora fotografía aportada por el brasileño Adolpho Veloso. Los impresionantes bosques de coníferas se nos presentan bellos y amenazadores al mismo tiempo. Los amaneceres, el crepúsculo, las noches junto al calor de la hoguera, los estrellados y oscuros cielos sin luna, hacen de cada fotograma una obra de arte, un cuadro en sí mismo. Nominada a los Óscar, quizás sea la mayor baza del filme para llevarse la codiciada estatuilla. La cuarta y última nominación del filme es para mejor canción original, en este caso el director encontró la horma perfecta para su zapato en mi idolatrado Nick Cave, quien aportó su composición Train Dreams, sonando en los créditos finales. La idiosincrasia musical del artista se adapta perfectamente a la filosofía de la película.
Con premios o sin ellos, Train Dreams me ha parecido una propuesta honesta y valiente que te hace reflexionar, ahondar en tu interior y replantearte ciertos valores de tu existencia. Ironías del destino, escribo esta reseña pocos días después del trágico accidente ferroviario de Adamuz. Quizás la vertiginosa velocidad del progreso se está llevando a mucha gente por delante en el último siglo.¿El fin justifica los medios?
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Ali y Ava Clio Barnard (2021) – Reino Unido
Ali y Ava, la película que os propongo en esta ocasión, es una de esas que pasa de puntillas por la cartelera, sin hacer ruido entre el público, y mucho menos entre la crítica especializada, pero que por una o varias razones a mí me ha conquistado. Quizás sea cosa mía, pero han pasado ya varios meses desde que la vi, y todavía a veces pienso en ella. Así que me he decidido a presentárosla con la esperanza de que quizás podáis sentir la conexión tan bonita que experimenté al verla.
El filme nos cuenta la amistad que surge entre dos personas bastante diferentes, Ali y Ava, y transcurre en la ciudad británica de Bradford. Allí, Ali, un pakistaní que es el casero de una vivienda donde se alojan familias eslovacas, conoce a la irlandesa Ava, profesora de la pequeña Sofía, hija de una de las familias alojadas en la casa de Ali. Ellos dos se sienten solos e intentan superar todas las barreras, que son muchas, para lograr salir adelante. La música, en cuyos gustos gustos tampoco coinciden, será el nexo de unión y a la vez el clavo ardiendo al que agarrarse cuando las cosas van mal.
La directora del filme, Clio Barnard, se ha inspirado en dos personas reales para construir el guion y la historia de los protagonistas principales. Ava es una mujer madura, fuerte y cariñosa que ha tenido una vida muy dura, por otro lado, Ali más joven, es amable y extrovertido. A Ava le gusta la música folk y a Ali la música electrónica, sus culturas son diferentes, viven en barrios muy distintos, tienen problemas familiares, y sin embargo, lejos de lo esperado inician una relación de amistad contra viento y marea.
Aparte de contarnos las vicisitudes de Ali y Ava, la directora también se centra en la realidad social de la ciudad de Bradford, que, por supuesto, influye en la vida de los personajes. Como curiosidad, los eslovacos que aparecen como inquilinos en la película son los verdaderos inquilinos del casero real en la que se basa la historia. Incluso la casa de huéspedes en la que se rueda es la auténtica.
La película se desarrolla durante un mes lunar, ya que la luna es un símbolo importante en el Islam. Si bien la luna es importante en el transcurso de esta historia, más lo es si cabe la música, que juega un papel fundamental. La banda sonora es de lo más ecléctica eso sí: viajaremos desde las raíces del country o la música irlandesa, pasando por Bob Dylan, el ska de The Specials, o el punk de los Buzzcocks, a la música electrónica de Sylvan Esso, La Roux, o el hip hop de Ocean Wisdom. Incluso habrá tiempo para escuchar música que bien podría sonar en una producción bollywoodiense.
Envuelta en una oscura fotografía, Ali y Ava nos deja alguna escena remarcable como la de Ali en la niebla, y también una historia honesta y sincera de dos personas que podríamos ser tú y yo en la búsqueda del equilibrio y la estabilidad emocional. Quizás si la música forma parte de tu vida de una manera importante, puedas conectar con Ali y Ava, quizás si no la forme… también.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Vidas pasadas Celine Song (2023) – Estados Unidos
La vida es un laberinto de bifurcaciones que te va llevando a uno u otro lado según las decisiones que tomes; por supuesto, el azar también cuenta. Todos y cada uno de nosotros hemos pensado en algún momento qué hubiese pasado si en vez de hacer una cosa hubiésemos hecho otra distinta. ¿Elegimos la opción correcta? Eso ya nunca lo sabremos. ¿O quizás sí?
Así que este mes os propongo Vidas pasadas, una película autobiográfica de la dramaturga y guionista de origen coreano Celine Song, quien, por cierto, debuta como directora con esta obra. Partiendo de la idea del «in yun», concepto de la cultura coreana que dice que las relaciones entre las personas están predeterminadas por conexiones en las vidas pasadas, la directora nos cuenta la historia de Nora, que a los 10 años se muda con su familia desde Corea a los Estados Unidos, dejando atrás a su mejor amigo, Hae Sung.
No hace falta que creáis en la reencarnación, ni que hayáis tenido que vivir 8 000 vidas para conseguir las 8 000 capas de «in yun» necesarias para encontrar a la persona adecuada. Vidas pasadas nos habla de un tema universal, el amor, y más concretamente, del primer amor. Ese primer amor que muchos de nosotros (y yo el primero) tenemos, o teníamos idealizado.
Con una maestría sorprendente para una directora debutante, el manejo de la cámara y la composición de los planos nos sumergen desde el principio en las vidas de Nora y Hae Sung, que al poco de comenzar se bifurcan para transcurrir paralelas… ¿para siempre? Mejor será que veáis la película.
A medida que la película avanza, el espectador irremediablemente acabará trazando paralelismos con su propia vida, recordando situaciones personales vinculadas a los diferentes tramos de edad que reflejan la madurez y las inquietudes de los protagonistas. La sensación de haber podido tener algo que quizás hubiese sido maravilloso está presente en los dos amigos de la infancia. Sus vidas, sin embargo, hace tiempo que tomaron otros rumbos, y por qué no decirlo, tampoco han sido tan malos.
Y aunque Vidas pasadas sea una película de AMOR con mayúsculas, no busquéis en ella romanticismo porque de eso no hay mucho. Sus protagonistas logran transmitirnos su forma de sentir el amor. Tanto Greta Lee, en el papel de Nora, como Yoo Tae-o, en el de Hae Sung, consiguen su propósito, pero el que tiene un papelón y lo saca adelante con mucho mérito es John Magaro, en el personaje de Arthur. Prefiero no adelantar su rol en la película.
Además, la película se acompaña de una exquisita fotografía y, por supuesto, una banda sonora que logra tocarnos la fibra sensible. El montaje, que en una historia que abarca tantos años podría ser más complicado, se ha resuelto de manera eficaz, y nos deja dos escenas excelentemente ejecutadas: la primera y la última de Vidas pasadas, que auguro dejarán huella en la historia del cine.
Vidas pasadas nos habla de amor platónico, amor romántico, amor verdadero, amor predestinado, amor anhelado, amor idealizado. Amores estos, y alguno más que seguramente me he perdido en la parte espiritual, y que nos van a hacer mantenernos muy pero que muy pendientes de Nora y Hae Sung. Cuidemos del amor, el motor más importante de nuestras vidas, pasadas, presentes y futuras.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
Compartimento nº 6 Juho Kuosmanen (2021) – Finlandia
Si tuviera que describir en una frase la película que os recomiendo este mes para que os animéis a verla, lo haría de esta manera: «la película menos romántica, más romántica de la historia del cine», jamás un contrasentido lo ha tenido tanto. Compartimento nº 6, segundo largometraje en la filmografía del director finlandés Juho Kuosmanen, a quien apunté inmediatamente en mi lista de nuevos directores a seguir, es cuanto menos diferente a cualquier historia de amor convencional tratada en el cine.
El argumento es sencillo: Laura, una joven universitaria finlandesa, toma el tren hacia Moscú para ir al yacimiento arqueológico de Múrmansk, en pleno invierno. En el tren, coincidirá en el compartimento con un joven minero ruso con quien la convivencia no va a ser muy agradable.
Desde el primer momento, el director Juho Kuosmanen nos embarca en un viaje a la Rusia de finales de los 90, aunque los desolados pueblos y ciudades donde va parando el tren parecen haberse quedado anclados en los últimos estertores del comunismo allá por los años 80. La ambientación es magnífica, y el paisaje y la fotografía te hacen sentir el crudo invierno fuera, y la calidez, aunque no confort, de un tren que también nos revela que ha pasado por tiempos mejores.
Por si fuera poco con la atmósfera creada por el director, que te hace sentirte viajero de este tren, los actores que encarnan a Laura, la universitaria finlandesa, y Lyokha, el joven minero ruso, consiguen que el proceso de transformación que experimentan sus personajes sea del todo creíble en una historia bastante increíble. (Aunque dicho sea de paso, Compartimento nº 6 está basada en la novela homónima de la escritora finlandesa Rosa Liksom, en la que cuenta algunas experiencias personales).
La película gira en torno a las relaciones entre personas de diferentes clases sociales, con todos los prejuicios y estereotipos que conllevan. Hábilmente y desde el principio, el director nos hace sentirnos tan fuera de lugar y tan avergonzados como Laura, cuando asiste a una fiesta de artistas y gente de la cultura rusa. Y también nos conduce a hacer un inmediato juicio de valor sobre Lyokha, el joven minero, al que pondremos una cruz nada más entrar al compartimento del tren.
Compartimento nº 6 seconvierte también en un ejercicio de nostalgia para los que éramos unos pimpollos en los años ochenta, cosas como rebobinar con un bolígrafo una cinta de casete, llamar desde una cabina telefónica, o utilizar aquellas primeras videocámaras tan poco ergonómicas, nos hacen casi mitificar esos tiempos donde se vivía a otra velocidad. Y por si no fuera suficiente, la música de la película se sostiene en una canción: el Voyage, voyage del grupo francés Desireless, que marcó una época y a toda una generación. Curiosamente esta misma canción ha sido reivindicada también en otro filme de ese mismo año, la película suiza La chica y la araña.
De todas maneras, seas de la quinta que seas, te recomiendo subir al Compartimento nº 6 de este tren cargado de metáforas, reflexiones, frases lapidarias, situaciones absurdas, un sentido del humor muy especial, y paradas,… muchas paradas.
PELÍCULA RECOMENDADA (Artículo incluido en la publicación Compromiso y Cultura)
A la vuelta de la esquina Thomas Stuber (2018) – Alemania
En la reseña del mes pasado de esta misma sección ya comenté las excelencias del joven actor Franz Rogowski, al que descubrí en la película titulada A la vuelta de la esquina, que es la que precisamente os quiero recomendar en esta ocasión. Este filme alemán está basado en el relato corto En los pasillos, obra del escritor Clemens Meyer, que además ha sido coautor del guion junto a Thomas Stuber, el director de la película.
Partiendo de un argumento bastante sencillo, el director nos muestra la rutinaria actividad del turno de noche en un gran almacén para mayoristas. Thomas Stuber logra poco a poco meternos dentro de ese monótono y gris mundo laboral, en el que la vida de sus trabajadores sigue siendo igual de anodina después de salir del trabajo. Para conseguir que el espectador empatice con la historia, sabe jugar perfectamente con la banda sonora, y ya desde el principio nos pone en situación con una magnífica coreografía visual sustentada por el vals de Johann Strauss. También es de destacar el importante papel que juegan los sonidos, sobre todo el de las carretillas elevadoras. La fotografía cumple con su cometido, en una película de ambiente frío, de espíritu gris, ya que se desarrolla en muchos momentos durante el turno de noche, y lo hace de manera natural y discreta.
Otro de los grandes aciertos de A la vuelta de la esquina es el montaje de la misma, y la manera de presentarnos la historia en tres partes, que son las tres vidas de los tres protagonistas de la película. Y a pesar de que cuentan con una desigual cuota de pantalla entre ellos, son indispensables en este peculiar triángulo laboral que forman Christian, Marion y Bruno. Y es que, este trípode actoral es el que mantiene viva esta película a la que le cuesta arrancar, pero después te lleva hacia un desenlace tan inhabitual como inesperado. Como ya he dicho es de destacar el fenomenal trabajo actoral de Franz Rogowski (el Joaquin Phoenix europeo), quien da vida a Christian, un joven tímido e introvertido, con un pasado oscuro que está marcado para siempre en su cuerpo en forma de tatuajes, y del que intenta huir desesperadamente. Los compañeros de Rogowski tampoco le van a la zaga, especialmente Peter Kurth, que representa a Bruno, compañero y mentor de Christian desde que este comienza a trabajar en la empresa. El papel de la pizpireta Marion lo protagoniza Sandra Hüller, una actriz que, aunque joven, ya tiene un currículum cinematográfico de bastante enjundia.
A la vuelta de la esquina nos cuenta la historia de Christian, que intenta dejar sus problemas y centra su vida en el nuevo trabajo de reponedor que acaba de encontrar en un gigantesco almacén para mayoristas de la antigua Alemania del Este. Allí tendrá como compañero y maestro en su aprendizaje a Bruno, un ex-camionero, que, al quebrar la empresa en la que trabajaba y ser comprada por el centro logístico, fue admitido en el almacén como muchos de sus compañeros. Bruno es también hombre de pocas palabras como Christian, pero siempre tiene las justas y necesarias para guiar a su inexperto compañero en su nueva aventura laboral y vital. Reponiendo en la sección de dulces trabaja Marion, quien coincide con Christian en la sala donde está la cafetera. Marion es alegre, seductora, la chispa de luz que ilumina la oscura rutina de la fábrica y el corazón del inseguro Christian, que quedará prendado de Marion nada más conocerla.
La película está llena de símbolos y metáforas que ilustran y enriquecen la historia. Pero su gran acierto es la manera tan poética de contarnos dentro de un lugar tan inhóspito, oscuro y gris, este peculiar cuento de amor platónico y de amistad que tiene bastante más carga de profundidad de la que parece. Y que horas, e incluso días después, hará reflexionar al espectador. Hasta en la vida más humilde, pequeña y gris, puede esconderse una gran historia de amor, y las pequeñas cosas, los pequeños gestos, hechos desde el corazón, crean vínculos indestructibles entre las personas.